Imprimir

 

Rodolfo Funke

 

Un gran germano-argentino

 

 

Colectividades de otro idioma en países de inmigración cultivan afectuosamente su fundado orgullo por diversos “Grandes” de su comunidad, que en algún sector de la patria adoptiva se han distinguido con su labor.

 

Debido a esto, los “Grandes” deberían ser magníficos ejemplos, cuyos efectos sean visibles aún en la actualidad y cuya obra beneficie a la comunidad toda.

 

Después de una vida larga, intensa y exitosa, Rodolfo Funke ha legado casi toda su fortuna a la Fundación de Beneficiencia que lleva su nombre y quién con los estatutos todavía establecidos por él mismo, ha asegurado a la misma, solidez a prueba de crisis tanto política como económica.

 

Esta obra de Rodolfo Funke es socialmente brillante y su significación en el plano del amor al prójimo, eminentemente ética.

 

Su Fundación, el Hogar Rodolfo Funke, entró en vigencia con su fallecimiento el 9 de junio de 1938 y brinda desde su apertura (1940) anualmente aproximadamente a unas 600 personas de habla alemana económicamente necesitadas y a sus familiares y amistades, vacaciones, descanso o recreación gratuitas o por una módica contribución, sin jamás haber recibido o solicitado subvención alguna de entidades estatales o particulares.  Más de 25.000 personas, sin distinción de nacionalidad o de religión, ya han podido alojarse en el Hogar.

 

El Hogar está situado a una altura aproximada de unos 400 metros rodeado de un parque de 30 hectáreas, que es atravesado por un arroyo de montaña, al pie de la Sierra de la Ventana, cuya cima es de aprox. 1.200 m y cuenta con distintas especies arbóreas de más de sesenta años.  Se encuentra en el suroeste de la provincia de Buenos Aires  y a una distancia de 16 km de la ciudad de Tornquist.

 

La base de la Fundación es una estancia de aprox. 12.900 hectáreas de las cuales solamente aprox. 4.200 ha son utilizables limitadamente para desarrollar una actividad agropecuaria.  Dicha actividad debe suministrar los recursos con los cuales mantener el Hogar.  La extensión restante de aprox. 8.700 ha corresponde a sierras que no son cultivables, ni aprovechables económicamente.

 

El Hogar cuenta hoy con una capacidad de 60 camas distruibuidas en 26 habitaciones y le brinda a sus huéspedes un albergue placentero, ya que posee una biblioteca de 1.500 volúmenes, sala de video, sala de lectura, equipo de música con variedad de piezas musicales, posibilidad de deportes y esparcimiento (tenis de mesa, criquet, bowling, bochas, etc.), de bañarse en el arroyo o hacer excursiones a la montaña.  El hogar cuenta con electrificación, calefacción a gas y mantiene para su propio consumo montes frutales y explotación apícola.

 

En este escrito se quiere brindar un homenaje al benefactor que aceptó la nacionalidad de su patria adoptiva y que constituye la más felíz síntesis de ambas nacionalidades (alemana y argentina) por enraizamiento de ambas culturas.

 

Rodolfo Funke nació el 8 de febrero de 1852 en Erbschenkenhof perteneciente al actual latifundio Harms, en Dingelbe, 12 km al este de Hildesheim en la República Federal de Alemania.  Su padre José Funke estaba casado con Julia, hija del magistrado de Ehmbsen.

 

La única hermana de Rodolfo Funke, Ana, se casó con el profesor universitario y botánico Johannes Reinke (Göttingen y Kiel); sus hijas Elisabeth y Ana María Reinke (Cruz Chica, Córdoba) eran las preferidas de Rodolfo Funke.

 

El muchacho Rodolfo Funke fue enviado por su madre al instituto de clase media en Plauen / Vogtland, y luego estudió agricultura con su tío Augusto Prestien en Mecklemburgo.  Finalmente se graduó en la escuela técnica de enseñanza superior de Munich, donde también cumplió el servicio militar durante un año en los “Cheveaux Legers” (comparables con los dragones prusianos).

 

La juventud de Rodolfo Funke transcurrió sin preocupaciones financieras, pero ya a temprana edad el destino lo preparó para pensar y actuar con independencia, adquiriendo así un amor incondicional a la libertad personal, convirtiéndose en un aguzado observador y espectador.

 

Rodolfo Funke desarrolló una intensa actividad deportiva como entusiasta alpinista.  En Isar-Athen de sensibilidad artística recibió impulsos espirituales decisivos y tuvo la suerte de entablar buenas amistades con compañeros de estudio y con sus familias.  También con artistas y pintores en cuyo mecenas luego se transformó, y algunos de cuyos cuadros que había traido a la Argentina ha legado en su testamento al Club Alemán de Buenos Aires.

 

Funke tomó la decisión de emigrar en 1877, en medio de una atmósfera llena de tensiones políticas y sociales.  Su madre le pudo facilitar un pequeño capital para su proyecto y una carta de recomendación para su ulterior amigo Ernesto Tornquist, “el rey de los bancos” en la Argentina, íntimo amigo del general Roca y asesor financiero del gobierno argentino.

 

En la floreciente industria azucarera de Tucumán, en la cual tenía participación Tornquist, debía desarrollar sus actividades el técnico y químico Funke.  No obstante permaneció corto tiempo en Tucumán, ya que ni el clima ni el medio ambiente eran de su agrado.  En principio se quedó en Buenos Aires dedicado al comercio de cueros y lanas y entabló amistad con las familias Tornquist, Altgelt, Frers, Hosmann y otras.

 

Luego de una visita a la estancia de la familia Frers, el atento observador de la coyuntura argentina se decidió por las actividades agropecuarias, y en primer lugar, por la cría de ovejas.  Imbuido por un espíritu de pionero y gallardía se instaló en Lincoln, en cercana vecindad del temido cacique Pincén.

 

Nunca le faltó coraje al deportista Funke de mediana estatura y ojos celestes.  Así en 1878 emprendió una cabalgata solitaria por la región de Sierra de la Ventana, entonces dominada por las huestes de Namuncurá, donde en el abra de la Ventana se cruzó con un chasqui del entonces comandante de Bahía Blanca, coronel Lorenzo Winter, quien le advirtió: “Alemancito, apúrese que vienen los indios!”  En contraposición con Darwin, que fue el primer civil europeo que visitó la Sierra de la Ventana, a Funke le gustaron estas sierras.

 

Rodolfo Funke llegó en el momento justo: en Argentina comenzaban los dorados años de su Fundación.  En 1877 tuvo lugar la primera exportación exitosa de carne congelada mediante el proceso Carré-Fulien en el barco “El Paraguay”.  La cría de ovejas se convirtió en una actividad muy lucrativa, ya que mientras en 1850 sólo fueron exportadas 7.650 toneladas de lana, en 1875 llegó a 90.720 toneladas.  Ese auge coyuntural alcanzó su punto máximo en 1895 cuando Argentina tenía más de 70 millones de ovejas, donde alrededor de 1880 la cría ovina ya había cambiado su curso; no sólo la lana sino también la carne empezó a ser importante (Merino contra Lincoln).

 

En 1870 el general Roca finaliza victoriosamente su campaña contra los indios e incorpora exitosamente 400.000 km2 de territorio a la floreciente República, que con la construcción de ferrocarriles, el triunfo de los alambrados y la colonización fueron transformados.  Especialmente la cría de ovejas ayudó a poblarlo, ya que al menos combinada con actividades agrícolas, le brindó la posibilidad a los pobladores de sobrevivir al lado de los criadores de ganado vacuno, dueños de latifundios.  En 1877 comienza también la exportación de cereales con 4.500 toneladas, las que en 1910 aumentan a 2,5 millones de toneladas.  En 1877 son transportados los primeros vacunos en ferrocarril y tiene lugar la muerte de  Juan Manuel de Rosas en Southampton, un acontecimiento de trascendencia política.

 

Rodolfo Funke continúa con la cría de ovejas.  Luego de haberlo hecho en Lincoln, entre 1882 y 1884, lo hace en un campo de Piñero-Sorondo, cerca de la estancia “El Trío”, perteneciente a sus amigos, la familia Hosmann, en el partido de General Pueyrredón.

 

Alrededor de 1884 Funke debe haber hecho su primer viaje de visita a Europa y evaluado la posibilidad de emigrar nuevamente a Viena, oportunidad en la que queriendo demostrarle a sus amigos europeos el bienestar adquirido en Argentina, gastó todo el capital acumulado, de modo que a su regreso no tenía mucho más que lo que poseía al inmigrar.

 

Ernesto Tornquist no quería perder a su viejo amigo, quien gozaba de su ilimitada confianza y cuyo temperamento dinámico amaba.  Tornquist le ofreció a Funke establecerse en las inmediaciones de la Sierra de la Ventana, la que ya le había encantado seis años atrás y en la cual Tornquist había comprado mucha tierra y donde tenía intenciones de poblar la localidad (Tornquist).

 

Funke aceptó y se compró 1.500 ha de campo en Tornquist, se hizo cargo de la conducción de la sociedad urbanizadora, la administración de las estancias “La Ventana” y “Los Manantiales” y le compró a Tornquist su negocio de ramos generales en el pueblo recién fundado, el que conservó a lo largo de cinco años.  En la venta de este negocio Tornquist lo tasó a un precio tan bajo, que Funke en principio desconfiaba, hasta que finalmente se convenció de la verdadera intención amistosa de su amigo, que consideró indispensable su iniciativa.

 

En Tornquist el campo de actividad de Funke era el adecuado para su personalidad temperamental, de instinto seguro y valiente.  Contínuamente seguía adquiriendo tierras (a 20 pesos/ha) y alrededor de fines de siglo se mudó a lo que sería su asentamiento definitivo, la “Estancia Cerro Napostá Grande”, donde en 1905 – aconsejado por Martín Tornquist, con el cual así como con el hijo mayor de Ernesto Tornquist, Carlos Alfredo, lo unía una estrecha amistad – construyó su nueva casa señorial.  Desde aquí compró sus otras propiedades: “Ceballos” en Tres Picos,  “Esmeralda” al borde de Sauce Chico, “Cerro Colorado” y la estancia “La Blanqueada” en Monte, provincia de Buenos Aires.  Mediante un sistema de riego transformó el campo pelado en su hermoso parque.

 

Se constituyó en el punto central de la zona.  Servicial, hospitalario y generoso, apoyaba toda iniciativa progresista.  Con una donación significativa posibilitó la construcción de la “Sociedad Germánica” en Tornquist (donde aún hoy es recordado con una placa de bronce como el “benefactor y protector”), le regaló un cine completo a la localidad (aún hoy “Teatro Rodolfo Funke”), construyó dos escuelas (las que contínuamente son ampliadas y refaccionadas) y apoyó financieramente a sus docentes.

 

Funke poseía la virtud, no sólo de ser respetado, sino también de saber conquistar la amistad y recibir el cariño de la gente, especialmente de sus empleados, como también lo atestiguó Martín Tornquist (“… por su prudencia y don de gentes, que sabía adaptarse a todos las mentalidades y captar las situaciones  con realismo a la par que con comprensión”).  Le ayudaron en esto su generosidad, su franqueza y su ya mencionado coraje.  Ya en Lincoln, con su personalidad sencilla, se enfrenta a un capataz de mala reputación y más tarde en Tornquist a un aventurero y matrero que no quería abandonar sus campos.  Luego de la ya mencionada cabalgata solitaria en 1877 a Sierra de la Ventana, emprendió a los 40 años de edad una cabalgata con una tropilla por Argentina, a lo largo de la cordillera hasta Comodoro Rivadavia (sonriente contaba sobre esta cabalgata, que no había podido encontrar a ninguno de los administradores ingleses en las estancias del sur; todos estaban en un determinado establecimiento en Comodoro).

 

Legendario fue también el temperamento de Funke.  Le gustaba “descargar los nervios” como mencionaba Martín Tornquist, pero como todos los testigos testimonian de común acuerdo, enseguida se tranquilizaba y era bonachón y nunca rencoroso.  También era legendaria su hospitalidad, tanto en Buenos Aires como en Tornquist.  En su estancia frecuentaban profesores universitarios alemanes y argentinos, políticos, científicos, oficiales de alto rango, artistas, altos funcionarios ferroviarios, banqueros, directores de frigoríficos, de molinos, estancieros y chacareros de la vecindad.  Visitas de Alemania, gente interesante que encontraba en el Club Alemán los llevaba a su estancia; así una vez también llevó a todos los científicos del barco topográfico “Möwe” (Gaviota).  Con el general Roca lo unía también una sincera amistad, así como con el general Uriburu, el que también hablaba bien alemán, porque estuvo destinado varios años a un regimiento alemán de caballería, y quién guardaba sus caballos favoritos en la estancia de Funke y allí los montaba.

 

Las familias Tornquist, Dietrich, Meyer, von  Bernhard, von Notebohm y otras más de su amistad, eran frecuentemente sus huéspedes, con lo cual en su mesa todos aquellos que entendían alemán, debían hablarlo.  Esto a mucha gente le resultaba difícil, pero a Funke le divertía muchísimo.  Esto se aceptaba porque Funke era una persona de vastos conocimientos, sociable, con sentido del humor y además su exquisita mesa gozaba de fama.  El sólo tomaba con las comidas, pero entonces, y siempre que fuera posible, vinos alemanes o franceses, los que compraba en grandes cantidades en la “Asociación Católica” de Trier, con lo cual corría el riesgo que un porcentaje importante de los finos vinos se malograra durante la travesía.

 

Comercialmente estaba dotado de una seguridad intuitiva poco común, la que estaba combinada con gran confianza y viva actividad, como también riqueza de ideas.  Participaba en todas las empresas de Tornquist y en otras compañías y durante un tiempo también tuvo un banco en Bahía Blanca.

 

Una vez los títulos de la provincia de Buenos Aires sufrieron una catastrófica caída y cundió el pánico.  Funke justo estaba en Bahía Blanca, alquiló un coche y compró todos los títulos que le ofrecieron y los acumuló en el coche.  Pronto estos papeles volvieron a subir a lo que Funke pudo comentar “sólo los burros pueden pensar que la provincia de Buenos Aires puede entrar en cesación de pagos”.

 

Cuando estaba en Argentina, el administrador de sus estancias colocaba las cuentas sin pagar sobre su escritorio.  Cuando eran muy pocas, Funke desconfiado preguntaba: “es que no están haciendo nada, que no hay nada que pagar?”

 

Rodolfo Funke amaba la libertad y la independencia a tal punto, que nunca se casó.  En Buenos Aires tenía al principio una casa en Belgrano, cerca de la calle Federico Lacroze, a la cual hasta 1903 todavía limitaban parcelas con trigo, como también las casas de sus amigos Tornquist y von Bernhard.  Hasta 1923 tenía una casa en la segunda cuadra de la Avenida Córdoba y finalmente vivió en su linda residencia de la calle Ayacucho 1771.

 

A pesar de su habilidad para los negocios, para Funke el dinero nunca era la finalidad; más bien un medio que sólo al hacerlo rotar cumplía con su cometido y producía satisfacción, de la cual Funke quería hacer partícipe a todos cuantos con él tenían que ver.  Tanto el capitalismo irracional como la ilimitada ambición de compra le eran ajena.  (Funke: “rico es a quién el último día de diciembre le sobra un peso; pobre, aquel que lo debe”).

 

Su humanidad y generosidad es corroborada por su antiguo personal.  El no sólo veía los derechos de poder, sino también las obligaciones y coresponsabilidad social (durante la primer guerra mundial todo alemán obtenía trabajo en su estancia, pudiendo quedarse una semana).  En Buenos Aires Funke raramente usaba el auto, prefería viajar en tranvía, porque lo consideraba mucho más interesante.  Si bien se hacía llevar a las funciones de su amado Teatro Colón, mandaba luego a su chofer a la casa y se tomaba un taxi después de la función.

 

La decisión de hacer su Fundación, que ya había tomado en 1916, lo ocupaba en su vejez, y pulía los detalles con su abogado Dr. Blousson y a menudo hablaba con sus amigos sobre el futuro Hogar Funke.  Esta Fundación debía coronar su vida al finalizar.  En Tornquist, donde en los duros y difíciles años de pionero encontró su suerte como uno de los primeros pobladores del “desierto”, también otros deberían ser felices.  Allí al pie de las queridas montañas, en proximidades de su Fundación y junto a sus viejos amigos pioneros, también quiso que descansaran sus restos.  Siguiendo su deseo, después de ocurrida su muerte en la ciudad de Buenos Aires, fueron trasladados al cementerio de Tornquist.

 

Desde este bosquejo incompleto, extraído de los datos incompletos sobre la larga y fructífera vida de Rodolfo Funke, resplandece una personalidad fuera de lo común, de un hombre de categoría, arraigado en las mejores tradiciones del siglo XIX  y que se había adelantado intelectualmente al primer tercio del siglo XX en su patria adoptiva.

 

Su figura se elevó a una grandeza extraordinaria luego de su muerte, debido a su conducta social y ética sin precedentes.

 

 

Bibliografía:

 

  • Artículo escrito en idioma alemán por el Dr. Paul Buerguer en la revista Südamerika Thg. 13, H. 4:213-218 (1963) con motivo del 25° aniversario de la muerte de Rodolfo Funke.

  • Traducción de dicho artículo al castellano por Erica E. J. Kuenzer - 1992

Fundación Hogar Rodolfo Funke